El doliente

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El doliente – Por José Toledo Ordóñez – 30 de marzo de 1998

Columna Cimientos – pepo@guate.net – Redactado para Prensa Libre

  Cuando escribí sobre la fallida subasta de TELGUA mencioné que  privatizar es una decisión técnicamente acertada;  como implica un costo político los gobiernos rara vez lo hace por decisión propia; lo hacen por imposiciones del Fondo Monetario Internacional o por necesidad. En esta ocasión trataremos de demostrar que privatizar es una decisión acertada.

  Con Rodolfo Santizo estamos comprometidos en un proyecto nacional y hemos discutido este tema largamente. El me enseñó un sabio concepto que trajo en su maleta de conocimientos de uno de sus muchos viajes como  consultor por Sudamérica: el doliente; es preciso ilustrarlo con ejemplos.

  Cuando una institución financiera le concede a una empresa o a un gobierno un préstamo para un proyecto grande (por ejemplo, una hidroeléctrica), normalmente le pide al solicitante que aporte de su propio dinero la cuarta o quinta parte del valor del poyecto.  A esto se le llama capital de riesgo; si el proyecto fracasa, le dolerá tanto al que prestó el dinero como al que lo pidió prestado. ¿Por qué el éxito del proyecto está de alguna forma garantizado? Por que hay doliente.

  Las empresas estatales de servicios públicos han tenido por tradición  varias características comunes: 1. Ser monopolios; a nadie le importa si el que usa el servicio está descontento; ultimadamente no tiene a dónde más ir. 2. Ser subsidiadas; reducir los costos no es importante; si hay pérdidas, papá gobierno las pagará con el dinero del pueblo; el concepto de eficiencia no tiene importancia. 3. Tener leyes y sindicatos que permiten la inamovilidad del trabajador a través de emplazamientos; no se puede despedir a un empleado no importa si es haragán, borracho o ladrón.

  Lo mismo se puede decir de los hospitales estatales, en donde los pacientes esperan largas horas para ser atendidos y el hecho de que mueran por negligencia tiene poca o ninguna repercusión.  ¿Por qué en estas empresas o instituciones a casi nadie le importa perder ventas, perder dinero, consentir trabajadores inútiles o que mueran los pacientes? Muy sencillo: por que no hay doliente.

Es tal el  descaro que en las empresas públicas le  ponen apodos a los clientes: en telefonía les llaman abonados y en el sector eléctrico les llaman usuarios. Tal parece que les estuvieran diciendo que  les hacen el favor de prestarles el servicio; la gran venganza de los frustrados clientes es llamarles burócratas. En los hospitales es casi igual; la palabra  paciente define a una persona que padece física y corporalemente; los que allí trabajan creen que paciente es  alguien que tiene que estar armado de paciencia para que lo atiendan.

  En el hogar sucede lo mismo cuando no hay doliente. Si un padre le compra un carro a su hijo y no le hace pagar el mantenimiento o por lo menos la gasolina, éste se convertirá en el carro del pueblo y pronto estará acabado. Conozco el caso de una señora que vende  a domicilio los frutos de la granja familiar; para ello usa un automóvil de ocho cilindros que el marido le paga; el dinero que obtiene solamente cubre una fracción de los casi tres quetzales por kilómetro que cuesta operar el automóvil.

    Volvamos a las empresas. Una empresa privada funcionará bien en la medida en que los trabajadores de alguna forma participen en las utilidades; así les dolerá el fracaso en el bolsillo y se beneficiarán del éxito; por el otro lado, funcionará mal en la medida en que se parezca a las estatales. Las cooperativas son el punto medio; usan muy poco la participación en utilidades por lo que no tenerlas duele poco.   Concluyendo, las empresas estatales deben ser privatizadas porque no funcionan bien  y no funcionan bien porque en ellas no hay doliente.

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